lunes, 10 de junio de 2019

XXX La muñeca (infancia)


LA MUÑECA
(Un cuento de Fernando Espinosa García)

 Para mis hermanos, Fernando y María del Carmen.


Estos son el callejón empinado y el edificio,
hoy casi en ruinas, del telégrafo viejo.
Detrás de ese ventanal, de la segunda planta,
mi madre me parió hace más de 73 años.

INTRODUCCIÓN

A los que no creemos en la inmortalidad, cuando llegamos a la vejez se nos cierran las puertas del futuro. Entonces volvemos la vista atrás, hacia la infancia.
Aunque ya casi nadie lo recuerda, los años 50 del siglo pasado, los de mi infancia en La Gomera, fueron tiempos difíciles. Años de posguerra y de miseria. De miseria económica y de miseria cultural.
Cuando se vive rodeado de oscuridad, de fundamentalismo y de represión, solo nos queda el refugio de los libros. Como quien vive en otro mundo, mi padre se pasaba el tiempo libre que le dejaba el telégrafo leyendo. Los libros eran su pasión. Aunque mi madre lo obligaba a llevar un registro de los libros que prestaba, escuché una vez decir a alguien que en todas las casas de San Sebastián de la Gomera había un libro de Fernando Espinosa. Seguramente era una exageración, pero el telégrafo fue, de alguna manera y por esos años, la biblioteca pública.
Cuando mis hermanos y yo éramos niños, tenía la costumbre de inventarse cuentos para entretenernos. A pesar de que ya han pasado casi 70 años, mi hermana, que tiene su misma memoria, me contó hace unos días, como si fuera él y con sus mismas palabras, el cuento de “La muñeca”. 
Los personajes eran, en su mayoría, vecinos del pueblo, que elegía por sus singularidades personales.
La fachada del telégrafo viejo, donde vivíamos, daba a la calle José Antonio Primo de Rivera, aunque todos la llamábamos “la calle Trasera”. En un costado del edificio había un callejón empinado que comunicaba nuestra calle con la pista, por aquel entonces todavía sin asfaltar, que subía al barrio de La Lomada, al cementerio y al faro.



ACTO 1
De cómo doña Concha, “la Capitana”, engatusa a Margarita

Al otro lado del callejón empinado había una casa en ruinas, con los techos en el suelo. Nunca la vimos habitada, pero mi padre puso a vivir en ella a los personajes centrales de su cuento: Margarita y su madre.
La madre de Margarita trabajaba en un empaquetado de tomates. Los sábados, después de finalizar el duro trabajo, recibía su modesto salario. Un sábado, cuando regresó a casa, le dio el dinero a su hija y la mandó a la recova, a hacer la compra de la semana.
Doña Concha, “la Capitana”, tenía un bazar  en la calle principal, la del General Franco, que era conocida como “la calle del Medio”. El nombrete de “la Capitana” le venía porque era la viuda de un capitán del ejército. Era famosa por su labia. En el escaparate tenía una muñeca de la que Margarita se había enamorado perdidamente.
En el camino a la recova Margarita se tropezó con la tienda. Allí se quedó, parada, con las monedas del jornal de su madre en el bolsillo del delantal y con sus ojos fijos en la muñeca. Doña Concha, que la vio,  salió a la calle. 
—¿Te gusta la muñeca, Margarita?
—¡Sí!
—¿Tienes dinero?
—Sí, pero es para la compra de la semana.
—Yo te hago un buen precio. 
—No. Mi madre…
Y así siguió la conversación. Doña Concha enredándola y Margarita intentando zafarse. Pero al final ocurrió lo inevitable.
Margarita caminaba ahora hacia su casa, entre feliz y asustada, con su soñada muñeca.


ACTO 2
De cómo la muñeca va a parar a los chiqueros de doña Delfina

Cuando llegó a casa sin compra y sin dinero, hubo mojo con morena. La tafeña fue monumental. Junto con la paliza se oían los gritos: “Estúpida, imbécil, irresponsable, ¿qué vamos a comer ahora?” Eran otros tiempos. Hoy la hubieran procesado por violencia doméstica.
En el furor de la rabieta, la madre cogió a la muñeca de una pata y la lanzó por la ventana con todas sus fuerzas.
La muñeca aterrizó justo detrás de la casa, donde había un solar que llamaban los chiqueros de doña Delfina. Nunca vimos los cochinos, pero  debió de haber sido usado como tal porque aún se conservaban los chiqueros ruinosos.
Esa noche Margarita se acostó llorando, sin comer, humillada y con las huellas de la zapatilla de su madre por todo el cuerpo. Pero lo que más sentía era la pérdida de su muñeca.
La casa tenía una puerta trasera por donde se podía salir al callejón empinado. Así que, cuando su madre se hubo dormido, sigilosamente, se levantó, salió al callejón, subió hasta los chiqueros de doña Delfina y se puso a buscarla. La encontró, después de rebuscar por todo el solar, en el fondo de uno de los goros.
Estaba hecha una pena, pero la llevó a la pila y la limpió con esmero. Luego se acostó y se quedó dormida abrazándola sobre su pecho.



ACTO 3
La primera cagada de la muñeca y el gran desayuno

Poco antes de amanecer, la despertó una voz muy tenue:
-Margarita, Margarita.
Al principio estaba desorientada, pero luego se dio cuenta que era la muñeca quien la llamaba.
—¿Qué quieres?
—Quiero hacer caca.
Margarita, como la cosa más natural del mundo, sacó la bacinilla de debajo de la cama y la sentó.
Se extrañó, porque mientras la muñeca hacia caca escuchó un ruido como el que hacen los boliches de barro cuando, después de jugar, los niños para guardarlos los dejan caer en sus cacharros.
Cuando la levantó no podía creerlo. La bacinilla estaba llena de monedas.
Se vistió y, antes de que se levantara su madre, fue corriendo a la recova.
Cuando su madre se despertó, el desayuno estaba servido sobre la mesa.
—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Corre! ¡Ven a desayunar!
—¡Mala hija! ¿Quieres reírte de mí? ¿Quieres que te dé otra vez?
—No, mamá. Ven. Es verdad.
Cuando entró en la cocina no podía creerlo. Sobre la mesa un desayuno que, ni en sueños, hubiera podido imaginar, y sobre una silla, la sereta rebosante de carne, pescado, verduras, frutas, enlatados…, todo de una calidad desconocida en la casa.
—¿Qué has hecho, desgraciada? ¿Dónde fuiste a robar?
—No, mamá, no.
Y le contó.


ACTO 4
De cómo doña Manolita espía a sus vecinas y consigue que le presten la muñeca

A partir de entonces, cada noche Margarita dormía con su muñeca y cada noche la muñeca cagaba monedas.
Los vestidos y los zapatos de Margarita y de su madre, así como las compras que traían, empezaron a llamar la atención de sus vecinos y en especial de doña Manolita. 
Doña Manolita vivía en la misma calle y a pesar de tener marido y varios hijos e hijas, se pasaba la mayor parte del día asomada en la ventana fisgoneándolo todo y descuidaba  la casa y su limpieza.
Intrigada, empezó:
—¡Qué zapatos tan bonitos llevas, Margarita!
—Ayer le vi a tu madre un vestido nuevo.
—¡Cómo pesa esa sereta!
—Y ese falda, ¿cuánto te costó?
Tanto insistió, que la inocente Margarita, en un momento de debilidad, le habló de su muñeca.
Al siguiente día doña Manolita está de visita en casa de Margarita. Las tres sentadas en la cocina.
—¿No ven cómo vivimos?- Suplica doña Manolita.
—Hasta hambre pasamos.
—Mi hija la mayor, que ya tiene novio, lleva las bragas rotas.
—Préstenme la muñeca una noche, por caridad.
Tanto insistió e imploró que finalmente accedieron. Acordaron que al día siguiente, y por una noche, Margarita se la llevaría.



ACTO 5
La sorpresa de doña Manolita y cómo la muñeca vuela de nuevo

Al día siguiente, desde muy temprano, en casa de Doña Manolita se formó el zafarrancho. Se limpió la casa. Se lavaron todas las sábanas. Dejo la casa como si fuera a visitarla un rey y la cama, donde iba a dormir ella con la muñeca, inmaculada. Compró, de fiado, un camisón y una bacinilla nueva.
Al atardecer llegó Margarita con la muñeca. Esa noche la muñeca durmió en el sitio del marido y él se acostó en el suelo.
Don Gonzalo, el nuevo Jefe Provincial del Movimiento, estaba de visita en la isla. A pesar de su alto cargo era un joven peninsular, alto y apuesto, que había participado victorioso en la guerra civil y defensor del pensamiento único y con un porvenir brillante en la recién inaugurada dictadura fascista. Es decir, en la isla y por esas fechas, un príncipe azul.
Doña Manolita se despertó antes de amanecer y se inquietó al ver que la muñeca dormía profundamente. Entonces sacó la bacinilla nueva y la sentó sobre ella. Pasado un rato, y al comprobar que la muñeca seguía inmóvil, se impacientó. Entonces le dijo susurrando:
-Caga muñeca.
Desesperada, porque la muñeca no atendía sus súplicas, empezó a ordenarle, cada vez con más fuerza:
¡Caga muñeca! ¡Caga muñeca! ¡Caga muñeca!
Doña Manolita sonrió al comprobar que la muñeca empezaba a hacer fuerza.
Estaba tan ansiosa que en cuanto la muñeca terminó se tiró con las dos manos sobre la bacinilla. Pero, ¡Dios santo!, ahora estaba llena, a rebosar, pero de caca de verdad. La caca lo inundó todo. Las manos y la cara de doña Manolita, el camisón nuevo, las sábanas inmaculadas, el suelo, las paredes y hasta el techo. 
Salió al patio con la muñeca y enfurecida la lanzó con tanta fuerza  que llegó hasta la azotea del Cabildo. 
Era un amanecer tórrido  de agosto.


ACTO 6
Final

Don Gonzalo, que se alojaba en el Cabildo, había subido a la azotea esa madrugada a coger un poco de aire fresco. De pronto sintió un fuerte dolor en la pierna. Era la muñeca, que en su vuelo había terminado clavando sus dientes en la pantorrilla del Jefe Provincial del Movimiento.
Toda la isla se puso en pie. El alcalde, las demás autoridades y el médico acudieron al Cabildo para socorrerlo. Todos lo intentaron, pero nadie consiguió arrancarle la muñeca. Doña Concha, “la Capitana”, cuando lo vio, le dijo a Pena, el municipal, que fuera a buscar a Margarita. En cuanto llegó Margarita la muñeca se soltó de la pierna de don Gonzalo y corrió hasta sus brazos.
Don Gonzalo, agradecido y al mismo tiempo prendado de la belleza de Margarita, habló con su madre y le manifestó su intención de casarse con ella. Y así ocurrió. A los pocos años, cuando Margarita empezaba a ser una señorita, don Gonzalo regresó y contrajeron matrimonio en una ceremonia que no se olvidará jamás en la isla.
Lo que nunca nos contó mi padre es si la muñeca siguió cagando dinero, pero bueno, a nosotros eso tampoco nos interesaba. El círculo se había cerrado con un final de cuento.

sábado, 4 de mayo de 2019

XXX El Gran Teatro (intimidades)


DEDICATORIA: Para Roland y Aline.

En los años 50 del siglo pasado, durante mi infancia en La Gomera, el país estaba sometido a una férrea dictadura fascista, fruto de un golpe de estado militar y una sangrienta guerra civil. Se permitía solo una forma de pensar y se promovía un culto casi religioso al dictador. Esa cruz se prolongó hasta el año 1975, cuando murió el general.
Desde niño, y casi sin darme cuenta, aprendí el arte de la interpretación. Aprendí que había dos lenguajes. Uno, el que se hablaba dentro de los muros de casa y, otro, el que había que utilizar en la calle. Esas enseñanzas infantiles me ayudaron a llevar luego una vida más segura y confortable.
Durante los primeros años de bachillerato fui un auténtico desastre. Repetí dos cursos. Así que cuando mi familia se trasladó de La Gomera a La Orotava yo empezaba el quinto curso y tenía 17 años, dos más de lo que me correspondía. El único colegio que existía en La Orotava era un colegio religioso. Allí me inscribieron y allí hice el quinto y el sexto de bachillerato. Durante esos dos años asistí cada día a misa. En sexto curso, con 18 años,  ya había perdido la fe y aunque tenía que asistir a los oficios no ponía demasiado interés. Los compañeros de colegio, con las mismas inquietudes, solíamos hablar discretamente de nuestras preocupaciones religiosas. No sé quién me denunció, pero un día me dijeron que tenía que ir al despacho del director.
Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Me dejó bien claro que aquel era un colegio religioso y me amenazó seriamente con la expulsión si no cambiaba mi actitud. Con mis antecedentes de mal estudiante iba a ser, de nuevo, un problema para la familia y sobre todo un disgusto para mi padre, al que adoraba como al dios que había perdido. Me encontraba en una encrucijada y el pánico se apoderó de mí. No encontré otra solución y al siguiente día hablé con el director e interpreté mi papel. Le dije que ya había superado la crisis juvenil que me atormentaba y le agradecí sus palabras que me habían hecho reflexionar. Se limitó a sonreír y por suerte no mostró el más mínimo interés por mis inquietudes. Aunque me costó un gran esfuerzo, a los pocos días, siguiendo el protocolo, me confesé y luego comulgué periódicamente. No volvió a molestarme. Pienso que él tenía la misma fe que yo. Solo le interesaba, como director, que cada actor interpretara su papel sin salirse del guión.
Hoy, desde el mirador de mis 73 años, todo me parece un Gran Teatro y,  a pesar de mis miserias, si me comparo no soy más que un torpe actor aficionado.

jueves, 2 de mayo de 2019

MIrando a la pared (NO)

Descartes, el precursor de los grandes cambios, decía:
"no me ofrezcáis trabajos, dejadme holgazanear".

Mi hija, Yurena, aunque todavía cojea, ya se incorporó a su trabajo en el Instituto de La Palma. Yo intenté persuadirla para que prolongara algo más el tiempo de su recuperación, pero ella se negó a aceptar mis consejos.
-Estoy cansada de mirar a la pared- me comentó.
¡Cómo cambiamos al envejecer! Yo, ahora, mirar a la pared es la actividad que más me divierte.

viernes, 26 de abril de 2019

XXX Conócete a ti mismo

El aforismo griego "conócete a ti mismo"
estaba escrito en el pronaos del templo de Apolo en Delfos
y se le atribuye a alguno de los sabios griegos del siglo VI a. C.

Se cree que el universo observable tiene aproximadamente un diámetro de 13.800 millones de años luz y contiene en su interior 2 billones de galaxias, con 700 cuatrillones de estrellas.
Todo eso que vemos brillando en el cielo durante la noche y que tanto nos emociona está programado, como nosotros, para morir. Cuando se extinga no quedará de él, ni de todo su contenido, la más mínima huella.
Pero antes, mucho antes, dentro de muy poco, yo me marcharé y un poco después todo lo que ahora vive sobre la tierra morirá y más tarde nuestras civilizaciones y un poco después nuestra especie. Después ya nadie se acordará de todo lo que tanto nos preocupa e interesa: los países, los himnos, las banderas, los dioses, los libros, las matemáticas y la física, la poesía, la música, las artes plásticas, la televisión, las redes sociales...
Luego, durante un poco más de tiempo, el sol seguirá enrojeciendo cada mañana el cielo, como lo hace hoy, mientras escribo.
Aunque a nuestro cerebro le parezca casi infinito, todo ese maravilloso universo observable es solo un grano de arena con la misma importancia y trascendencia que cualquiera de los pequeños granos de arena que rueda errático, impulsado por el viento, en cualquiera de nuestros desiertos.
Nuestra forma de organizarnos es igual y tiene la misma trascendencia que la de un hormiguero y el más famoso de nosotros no es más importante ni trascendente que el más humilde de los insectos.


viernes, 12 de abril de 2019

Desaprender( NO)

Las mentiras de la infancia fueron mi mejor escuela. Me enseñaron a ser desconfiado.
Con 17 o 18 años logré desprenderme de los mitos religiosos, de las verdades reveladas y de las supersticiones.
Liberarme, no solo de los dioses, de los charlatanes y de los libros de autoayuda, sino también de las enseñanzas de los maestros, ha sido siempre un agradable entretenimiento y ahora es uno de los placeres favoritos de mi vejez.
Espero, al final, irme con un cerebro limpio, como cuando mi madre me parió, en La Gomera, hace más de 73 años.

jueves, 28 de marzo de 2019

XXX Destellos de la infancia

San Sebastián de la Gomera

La alegría de la lluvia.
Los charcos.
El barranco.
La barranquera.
El mar, la playa y las olas.
Los saltos al vacío desde el muelle.
La caricia del océano.
Los charcos del bajío.
Los cabosos.
El soplo perpetuo del alisio.
El baile de las palmeras.
Las faldas de las niñas.
El viento, siempre el viento.
La plaza del quiosco.
Los laureles gigantes.
Los cuentos de miedo.
Las carreras y los juegos.
Las pelotas de trapo.
La calle del Medio.
El patio del telégrafo viejo con su trozo de cielo.
Los plátanos escachados con gofio.
Y siempre la sombra protectora del telegrafista y la maestra.
 

miércoles, 13 de marzo de 2019

El sanatorio (NO)

El Día,11 de marzo de 2019.


Esas viejas edificaciones del Parque Nacional del Teide, que ahora se van a demoler, fueron construidas a principios del siglo pasado con la intención de alojar a enfermos de tuberculosis de toda Europa, pero nunca fueron usadas como tal.
Las llaves de sus dependencias se custodiaban en la farmacia de los Realejos, que era de un miembro de nuestra familia. El sanatorio se convirtió así en una vivienda vacacional de los Espinosa.
Por los años 30, tío Luis, tío Agustín y otros familiares y amigos, aficionados a la caza, solían alojarse allí cuando pasaban varios días en Las Cañadas disfrutando de su afición.
Cuando yo tenía 17 o 18 años, por 1963, pasábamos las vacaciones de agosto en una casa antigua y grande, junto al mar, en Playa de San Juan. Un caserón propiedad de la familia de tía Juana, que el progreso ha hecho desaparecer. Allí, además de mis padres y mis dos hermanos, se alojaban tía Isabel, su marido, Eliseo Toste, la hija de ellos, Isabel, mis primos Ernesto y Lali y tía Juana.
En uno de esos veranos tío Eliseo, que también había sido cazador, me contó algo que la foto del periódico me ha hecho recordar.
El 18 de julio de 1936, cuando el general Franco se levantó en armas contra la República, tío Agustín era el director del Instituto de Segunda Enseñanza y el presidente del Ateneo de Santa Cruz de Tenerife. Vivía en el Hotel Aguere, de La Laguna, con su familia -nunca tuvo casa propia-. Lo primero que hizo fue esconder los ejemplares de Crimen que tenía, enviar a su familia a Las Palmas y, luego, protegerse en la casa familiar de Los Realejos. Se hizo con las llaves del sanatorio y le dijo a su cuñado, tío Eliseo, que lo acompañara a Las Cañadas. Allí pasó varios días, me contó tío Eliseo, escondido, asustado y atemorizado, presintiendo el calvario que le esperaba.

Mi primo, Luis Espinosa García, médico jubilado, que cumplió ya 88 años, ha hecho este emotivo comentario a mi "ocurrencia":
A finales de los años 30 y principio de los 40 del siglo pasado, mi padre, mi madre, mi hermana Lala y yo pasábamos todos los años un mes en "la casa del médico" -"La casa del médico", que fue demolida hace décadas, era la construcción mayor del sanatorio de Las Cañadas- Allí se juntaba la familia Espinosa, tío Juan, tío Antonio, tío Eliseo, tío Joaquín, mi abuelo José García Estrada y su segunda esposa, tía Mercedes y no sé cuantos más que nos visitaban e incluso dormían una o dos noches. Mi padre, que era farmacéutico, después del levantamiento militar fue encarcelado, depuesto de su cargo en sanidad y obligado a desterrarse fuera del Puerto de la Cruz. Pero yo, con ocho o nueve años fui feliz, muy feliz, sin conocer, hasta años después, lo que había ocurrido a mi alrededor.

domingo, 3 de marzo de 2019

Cumpleaños (NO)



MI MADRE (pocos años antes de morir):
Estaba sentada en su sillón de la cocina.
La luz le llegaba por la espalda.
Acerqué una silla y me senté junto a ella.
Tenía más de 90 años.
Le pregunté qué cómo estaba.
Me contestó, sin mirarme:
"¿Sabes una cosa, Tino?
Yo ya me estoy cansando de todo esto".

Nací el 3 de marzo de 1946, hace hoy 73 años, y empiezo a tener, como mi madre, esa sensación de hastío. Todo a mi alrededor empieza a aburrirme. Es como un libro que se ha leído ya un número infinito de veces. He perdido todo interés por todo aquello que a ustedes tanto les preocupa e interesa.
Pero, todavía, me quedan los bancos de las plazas y los paseos junto al mar.
Casi sin darme cuenta los años me han llevado al paraíso del convencimiento de la inutilidad de todo. Y, a pesar de la arrogancia y el estiramiento que veo a mi alrededor, la vejez me ha descubierto que es lo mismo haber pasado o no por la vida y es lo mismo estar aquí ahora escribiendo que haberme ido ya definitivamente.



















   

       El autor del Blog, con 12 años                                                                                                  ...y esta mañana, antes de amanecer                                                                                                   
                                                                                                                  
                    

viernes, 1 de marzo de 2019

La silla del guerrero (NO)

En la carretera de San Isidro. Breña Alta. Isla de La Palma.
(Muy cerca del contenedor, más próximo a la casa de Yurena, donde dejamos la basura)

Un viento huracanado del NW intentó derrotarlo. Lo inclinó hasta casi la horizontalidad y desenterró parcialmente sus raíces, pero, milagrosamente, consiguió sentarse sobre el viejo muro de piedra y detener su caída.
Luego, con los años, pudo esconder la desnudez de sus raíces, que le hacían sonrojar, y su tronco, otra vez, volvió a enderezarse, fuerte y majestuoso, buscando el cielo.
¡Dios mío! ¡Qué fuerza tiene la vida! ¡Tan fuerte como absurda!
¿Qué buscará, con tanta ansiedad, en las alturas?
¿Le parecerá, cómo a nosotros, corta su larga vida y soñará con paraísos que prolonguen hasta el infinito su existencia, y donde los vientos sean solo brisas perfumadas de primavera?
Nuestro muro de piedra son los menhires, las pirámides, las pagodas, las mezquitas, las catedrales, los templos y todo ese mundo fantástico sobrenatural en el que nos apoyamos, como el drago, para poder seguir el camino de la vida.

martes, 26 de febrero de 2019

26 de febrero de 1616 (NO)

DEDICATORIA: Para mi tío, Agustín Espinosa García,
que conoció, también, la humillación y el silencio.

El día 26 de febrero de 1616, hace hoy 403 años, la Inquisición ordenó le detención de Galileo Galilei para juzgarlo por herejía. Fue condenado al aislamiento del arresto domiciliario, hasta su muerte, en 1642. Tuvo, además, que doblegarse y públicamente retractarse de su teoría heliocéntrica, presionado por el fundamentalismo de las verdades reveladas.

jueves, 7 de febrero de 2019

XXX La "chercha" (infancia)


Chercha: En un cementerio, espacio
destinado a enterrar a los no católicos.
(Academia Canaria de la Lengua)

El cementerio de San Sebastián de la Gomera, cuando yo era un niño, estaba en las afueras del pueblo. A él se llegaba por una pista empinada, por aquel entonces todavía sin asfaltar, que moría en el faro de San Cristóbal. Junto al cementerio principal, y colindante con él, había otro muy pequeño que todos llamábamos la "chercha". Allí se enterraba, aparte, a los no católicos. Su nombre viene de una deformación de la palabra inglesa "church" (iglesia). Cuando un chiquillo hacía una ruindad, solían reprenderlo con esta escalofriante amenaza: ¡cuando mueras, te van a enterrar en la "chercha"! Los curas -¡Dios mío!- habían hecho creer que todos los enterrados en la "chercha" estaban irremediablemente condenados al fuego eterno por no seguir a la iglesia verdadera. También se enterraba, porque tenían el mismo destino final, a los pobres suicidas. Yo recuerdo pasar por allí, mirar sus tumbas con pena y empezar a desconfiar de ese dios verdadero.

jueves, 24 de enero de 2019

XXX El beso (poesía)

Fue solo un instante, unos segundos. Ayer, un día frío y gris de invierno, a media tarde. El tráfico nos obliga a detenernos. En un banco del paseo, una pareja mayor -más de 65 y menos de 70- se están mirando. Él, casi de espaldas, no deja ver su rostro. Ella casi de frente. Están bien abrigados, pero sus ropas son muy humildes, casi de indigentes. Cuando los miro, por primera vez, ella le está frotando la espalda, como para darle calor, mientras lo mira con una sonrisa limpia de novia juvenil. Luego, sin dejar la sonrisa, acerca sus labios hasta los de él. El semáforo y la corriente del tráfico nos separan del milagro de invierno.

(...) Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida
otro milagro de la primavera

A UN OLMO SECO. CAMPOS DE CASTILLA
Antonio Machado

miércoles, 23 de enero de 2019

XXX Los libros (poesía)

Un pueblo, un país o cualquier grupo de Sapiens que tenga la misma religión, se alegre, se entristezca o se enfurezca siguiendo ciegamente las instrucciones y los principio que se le dicten, será  cohesionado, poderoso y fuerte, y sus miembros no dudarán en tomar un arma para matar o morir por su pueblo, su país, su grupo o su religión. Los libros, que nos ayudan a pensar por nosotros mismos, son su  principal enemigo.



martes, 15 de enero de 2019

XXX Las murallas (poesía)

DEDICATORIA: Para Donald Trump y su muralla
y para nuestro Gobierno de Canarias y su "primero canarias"


Las patrias,
los dioses,
todas las otras muchas grandes mentiras
y el miedo,
con el que somos asustados desde niños,
nos obliga a protegernos agrupados
temerosos
tras la muralla.
Sin darnos cuenta que esa muralla protectora
es la reja de la prisión que nos aísla,
nos embrutece
y nos ancla al pensamiento único.
Impidiéndonos explorar nuevos horizontes
y ser nosotros mismos.

jueves, 10 de enero de 2019

XXX Tzvetan Todorov

DEDICATORIA: A la memoria de mi tío, Antonio Espinosa García,
y a sus lecciones sobre el Siglo de las Luces. 


He estado leyendo estos días al gran humanista y sobre todo humilde Tzvetan Todorov (1939/2017). Se exponen a continuación pensamientos y frases tomadas de sus escritos que tienen relación con el nacionalismo y el fundamentalismo que está aflorando con fuerza de nuevo:

San Pablo nos enseña:
-"La fe no es lo determinante, lo que importa, por encima de todo, es el amor, el amor humano universal" (Primera epístola a los corintios).
-"El que ama al prójimo ha cumplido con la ley" (Romanos 13:8).
-"Toda la ley en una sola palabra se cumple: amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Gálatas 5:14).
(Un precepto cristiano que merece ser escuchado hoy).

Se nos trata de imponer que la raíz de nuestra cultura europea es básicamente cristiana, pero Europa también tiene otras raíces, tanto o más importantes que la cristiana, y todas ellas constituyen nuestra identidad. Como es el legado de la Grecia clásica, al que debemos el desarrollo de la racionalidad y la búsqueda del conocimiento objetivo, y el de la Roma antigua con la organización del estado y de las leyes, y también el laicismo que surgió con la la Ilustración.
Aunque no debemos pasar por alto el papel de la religión cristiana en Europa, no está tan claro que sea la dominante. Si debiéramos atribuir un papel especial a una de estas tradiciones, no podría ser otra que la que nos dejaron los grandes pensadores del Siglo de las Luces.
Hasta la llegada de la Ilustración se imponía una sola forma de pensar, sin dejar hueco para ninguna otra. Es la Ilustración la que abre la posibilidad de que diferentes formas de pensar coexistan en un marco único. En el siglo XVIII, pensadores como Vico, Montesquieu, Hume y Herder empiezan a descubrir las ventajas de la pluralidad. El reconocimiento de que todos tenemos derecho a creer, pensar y actuar libremente, dentro del marco de la ley, sí que es el elemento básico, o prioritario, de nuestra identidad europea.
Los Estado democrático europeos modernos no fueron creados para favorecer una categoría de ciudadanos en detrimento de los otros, sino por el contrario para velar por el bienestar de todos por igual.
Lo que debe preocuparnos es que cualquier grupo -ya sea cristiano, musulmán, budista o ateo- trate de imponerse, no dejando hueco a los otros e intentado destruir la esencia de nuestra cultura europea.

miércoles, 9 de enero de 2019

Paseo de invierno (NO)

San Andrés, visto desde el espigón
donde termina de la Playa de las Teresitas.

Yo no he movido ni un solo dedo para merecerlo. La vida y el tiempo son los que me han traído, involuntariamente, hasta aquí. Mientras los jóvenes, sentados en sus despachos, miran escritos, reglamentos y pantallas de ordenadores, yo paseo mi vejez junto al mar.

jueves, 20 de diciembre de 2018

XXX La Venganza de Don Mendo

El día 20 de diciembre de 1918, hace hoy un siglo, se estrenó, en el Teatro de la Comedia de Madrid, La Venganza de Don Mendo, de Pedro Muñoz Seca.
Mi padre, con 18 o 19 años, estaba por esas fechas en Madrid preparando las oposiciones al Cuerpo Técnico de Telégrafos y debió haber visto su representación.
Yo, La Venganza de Don Mendo, la relaciono siempre con la Casa del Telégrafos Viejo de San Sebastián de la Gomera y con mi padre que, como buen Espinosa, de pie y paseando, la recitaba en voz alta -se la sabía desde la primera hasta la última estrofa- a sus tres hijos, de corta edad, que lo escuchábamos riendo, seguramente, más por imitación que por entender bien la gracia de la obra.

martes, 11 de diciembre de 2018

XXX El libro grande de las tapas duras y azules (infancia)


(Li Bai, Gloria Fuertes y Jorge Manrique)


 DEDICATORIA: Para mi sobrino, Javier Sánchez de la Guardia, 
que nos dejó aturdidos y desorientados,
con su precipitada marcha,
cuando terminaba de cumplir 39 años.

Cuando yo era un muchacho, casi un niño, me encapriché de un libro grande, con tapas duras y azules, que estaba en la biblioteca de mi padre, en La Gomera. Es muy extraño que yo, con esos años, me hubiera enamorado de un libro viviendo en La Gomera y rodeado, como estaba, de palmeras, de calles sin coches, de plazas, de charcos, de playa y de mar, pero así fue. No sé dónde puede estar hoy ese libro, ni tampoco consigo recordar su título. Era, seguramente, un estudio sobre literatura china. Ese libro me embriagó durante un tiempo y me descubrió el placer de memorizar poemas.
Cuando, unos pocos años después, llegaron a mis manos las Coplas a la muerte de su padre, el poema de Jorge Manrique, fui corriendo a la biblioteca en busca del libro azul para releer uno de sus poemas. Ahora soy incapaz de transcribirlo, pero si recuerdo las imágenes cinematográficas que dejó en mi cerebro. El autor caminaba por una selva y, de pronto, en un claro, se tropieza con las ruinas de un palacio. Toda su arquitectura era ya solo un montón de piedras en el suelo que la vegetación intentaba devorar. El poeta se detiene y con su imaginación lo pone otra vez en pie y resucita a los personajes que lo habitaban. Bellas y jóvenes doncellas, criados y señores, con lujosos ropajes transitando por él con sus intrigas, sus ilusiones y sus pasiones. Finalmente nos hace reflexionar sobre de la brevedad de la vida, de que todo -nosotros, nuestras leyes, nuestra cultura, nuestros principios, nuestra especie, nuestros dioses, nuestro universo- tiene su final. Parece poco probable que un caballero castellano del siglo XV, como Jorge Manrique, lo conociera, pero a mí los dos poemas me dejaron en la boca el mismo sabor.
Hace unos días, mientras preparaba la "ocurrencia" del día 27/11/2018, sobre Gloria Fuertes, descubrí un poema suyo que puse bajo su caricatura:

En las noches claras,
resuelvo el problema de la soledad del ser.
Invito a la luna y con mi sombra ya somos tres.

Y el poema me llevó, otra vez, al libro azul. Pero ya no pude correr hacia él. Fue en Internet donde pude encontrar y volver a leer, después de tantos años, el poema del poeta chino Li Bai (701-762), del que Gloria era una gran admiradora.

BEBIENDO SOLO A LA LUZ DE LA LUNA
Entre las flores, un tazón de vino
bebo solo, ningún amigo está cerca.
Levanto mi copa, invito a la luna
y a mi sombra, y ahora somos tres.
Mas la luna nada sabe de bebidas
y mi sombra se limita a imitarme,
pero así y todo, luna y sombra serán mi compañía.
La primavera es época propicia para el goce.
Canto y la luna prolonga su presencia,
bailo y mi sombra se enreda.
Mientras me mantengo sobrio, somos alegres juntos,
cuando me embriago, cada uno marcha por su lado
jurando encontrarnos en el Río de Plata de los cielos.

Hoy, mientras escribo, he descubierto que ese libro grande, de tapas duras y azules, que estaba en la biblioteca de mi padre, en La Gomera, fue el que me empujó dentro del laberinto de las ecuaciones sin solución.

viernes, 7 de diciembre de 2018

XXX La barca, el río y el mar


 Después de contemplar el atardecer por la ventana de su estudio, el viejo profesor, se sentó. Encendió la lámpara, sacó un folio en blanco, lo depositó sobre el escritorio, tomó su estilográfica y escribió:


LA BARCA, EL RÍO Y EL MAR

Mi barca,
lastrada con las universales mentiras,
ha sido arrastrada por las turbulentas aguas
de la corriente del río del tiempo.

Ahora, en la vejez,
después de haber tirado todo por la borda,
reposa ligera,
en las serenas aguas de la desembocadura.

Siento la dulce proximidad del mar
y ya solo espero,
como un niño huérfano,
su abrazo salino definitivo.

domingo, 2 de diciembre de 2018

Los nuevos juegos (NO)


 Esta mañana, después de mi paseo y cuando empezaba a desayunar en el bar de San Andrés donde acostumbro, entró un padre muy joven con su hijo. El niño, que estaba sentado en su cochecito, durante los quince minutos que estuve allí no levantó, ni en un solo momento, la vista del teléfono móvil, que manejaba con sus pequeños dedos con una habilidad asombrosa. Cuando se cansaba de un juego, volvía atrás, elegía otro y seguía. Varias veces me incline para ver los emoticones de colores que transitaban por la pantalla, mientras su padre me sonreía feliz con las proezas de su hijo.
Creo que en su cerebro no entró ni un solo dato del mundo exterior. Solo debía sentir cerca la reconfortante presencia de su progenitor. Abrió varias veces la boca para permitir que su padre le introdujera pequeña cantidades de alimento, pero sin apartar los ojos de la pantalla. ¡Qué poder de seducción tienen esos juegos para los niños! Le pregunté al padre, por curiosidad, su edad. Me contestó, orgulloso, ¡dos añitos!
¿Intuirá el niño, como un viejo,  que el mundo que ve a su alrededor carece de todo interés y es tan virtual y mucho más caótico que el del artefacto que sujeta entre sus diminutas manos?