lunes, 30 de noviembre de 2020

Viaje al cuarto de una madre (NO)

 Anoche, en la 2, pusieron "Viaje al cuarto de una madre". Una película de Celia Rico. Llega hondo, muy hondo. Lo dice todo, sin hablar. Simple y sencilla. Como un haiku, se desliza muy despacio y en zapatillas. Tierna y emotiva, como un baño de mar. Lo grandioso habita solo en el interior de la silenciosa sencillez. 

jueves, 26 de noviembre de 2020

Black Friday (NO)

Ya es madrugada y me voy, sin prisas, alejando del baile y acercando a la puerta que me sacará definitivamente de la gran sala. Una sala en la que siempre me he encontrado extraño, como forastero.
Felizmente, he alcanzado la edad de las despedidas finales. Una edad en la que empiezan a sobrarme la mayor parte de las cosas que me rodean.
El mantenerme lejos de todas esas cosas inútiles es uno de los grandes placeres de los últimos años. La mayor parte de ellas tienen exclusivamente un fin social, solo sirven para que los demás vean que las poseemos.
Mañana es el Black Friday.
A medida que voy entrando en la vejez la gran sala de baile me recuerda, cada vez más, a un manicomio.

lunes, 16 de noviembre de 2020

El infinito en un junco, de Irene Vallejo (NO)

 


Además de descubrirnos el mundo de los libros desde sus comienzos más remotos y de conducirnos por la historia de las civilizaciones antiguas, nos enseña que el comportamiento de nuestros antepasados, desde hace más 2.500 años, es exactamente el mismo  que nosotros seguimos ahora. 
Igual que ahora, en la antigüedad, se desterraba  y se perseguía a los escritores y a los pensadores que no seguían los principios del poder establecido. Se prohibían y se quemaban los libros. Se mataba por el poder y por las propiedades, sin comprender que el poder y las propiedades duran lo que la muerte tarda en arrebatárnoslo.
Tenían un elevado concepto de sí mismos y, como nosotros, se sentían superiores al resto de las otras culturas, de las otras razas y de las otras especies. Practicaban la esclavitud. Para espantar a la muerte soñaban, como nosotros, con la inmortalidad.
Nunca hemos sido capaces de vernos tal y como somos: un humilde ser vivo, un pobre animal, torpe, miope y miserable. 

domingo, 15 de noviembre de 2020

XXX La gran aventura (infancia)

 

Construcciòn del puerto de San Sebastián de la Gomera (1950)


Cuando se estaba construyendo el puerto de San Sebastián de la Gomera era yo todavía un niño de pantalón corto. Siguiendo la línea del puerto y para señalizar la baja profundidad, por las piedras que las gabarras depositaban en la plataforma marina, se había colocado una boya. Era solo un viejo bidón unido al fondo, del cual salían, en la parte superior, tres hierros -delgados, redondos y llenos de óxido- que abrazaban un farol de petróleo. Todas las tardes un hombre -seguramente un pescador a quién le habían encargado ese trabajo- subía a un bote y remando llegaba hasta la boya para encenderla. Yo contemplé muchos veces la maniobra.
Un día que estaba sentado en la escalera del embarcadero, el pescador, después de subirse al bote, me dijo:
-¡Tinito! ¿Quiéres venir?
Fui con él hasta la boya. Amarró el bote a uno de los hierros, echó petróleo a la lámpara, la encendió con su viejo mechero de martillo y regresamos.
A pesar de haber transcurrido más de 65 años, ese viaje, hasta la boya, lo recuerdo como si hubiera ocurrido ayer. Recuerdo al pescador, delgado y seco, con las cicatrices del sol en el rostro; el sonido rítmico  de los remos y el de la carena del bote separando el agua; el del petróleo cayendo de la botella a la lámpara, el golpe del mechero de martillo y las últimas luces de la tarde.
Esa noche sentí la emoción de las grandes aventuras.

jueves, 5 de noviembre de 2020

XXX Las sirenas (poesías)




El LANCELOT, navegando en la bahía de Santa Cruz de Tenerife

En un velero, la jarcia fija la forman el conjunto de cables que sujetan el mástil y la jarcia de labor los cabos con los que se suben y orientan las velas. El Lancelot tiene siete cables en la jarcia fija y doce cabos en la de labor. La jarcia fija se ajusta mientras el barco está en reposo, en el puerto, y recuerda al afinado de un instrumento musical de cuerda. La de labor mientras navega, cuando  las velas se encuentran con el viento. Entonces el marinero pone todo su atención en orientar las velas para que el viento transmita toda su energía a la embarcación.
En el silencio de la navegación a vela, la música del viento cuando tropieza con la jarcia y las velas, acompañado de la percusión producida por la parte sumergida del casco al deslizarse sobre el agua y al golpearse contra las olas, convierten al velero en un instrumento musical y la navegación a vela en un concierto.
Es, sobre todo, esa música seductora la que obliga al marinero, una y otra vez, a regresar al mar.


miércoles, 4 de noviembre de 2020

El maleficio de la mariposa (NO)

 

La Vanguardia, hoy, 4 de noviembre de 2020

En 1920, hace 100 años, cuando se estrenó "El maleficio de la mariposa", mi padre tenía 20 años y estaba en Madrid. Acababa de aprobar las oposiciones al cuerpo técnico de telégrafos y estaba esperando alcanzar la mayoría de edad -21 años- para poder tomar posesión como funcionario. Su hermano mayor, Agustín, estaba también en Madrid terminando sus estudios de literatura y tenía amistad con el grupo de la Institución Libre de Enseñanza. Unos días antes del estreno, tío Agustín, le dio una entrada. Le comentó que se habían vendido muy pocas y que Lorca le había pedido que las repartiera entre las amistades para completar el aforo del teatro.
Mi padre asistió al estreno, me contó. Nunca vio un espectáculo igual. La obra fue un fracaso estrepitoso. Las protestas y el pateo del público fue monumental. Fue interrumpida en tantas ocasiones que era imposible seguir el argumento. El espectáculo rayaba lo cruel.
Era la primera obra de teatro del autor, que era todavía un joven de unos 20 años. Su siguiente obra no llegaría hasta los 27 años, con "Mariana Pineda".
Debió haber sido muy valiente -me comentó mi padre- para atreverse a estrenar otra.


lunes, 2 de noviembre de 2020

XXX El balón de fútbol (intimidades)

 Hará unos 20 años. Regresaba de trabajar del norte de la Isla. Me había parado en la estación de servicio, que está cerca del campo de golf, a coger gasolina. Alguien me advirtió que una de las ruedas tenía falta de aire. Así que acerqué el coche hasta el dispensador de aire. Cuando estaba terminando de hinchar la rueda se acercaron dos niños. El más bajo llevaba un balón de fútbol desinflado en las manos. Por su aspecto parecía completamente nuevo, como si nunca hubiera recibido una patada. El niño me pidió que se lo inflara. Acerqué el dispositivo a la válvula del balón y apreté el gatillo. El balón comenzó a inflarse y luego, de pronto y sin previo aviso, explotó en mis manos. Lo recuerdo ahora como si todo hubiera ocurrido a cámara lenta. En mis manos quedaron los trozos de cuero destrozados en que se había convertido el balón. El niño retiró en silencio, de mis manos, los trozos de cuero. Los dos incrédulos se dieron la vuelta y se alejaron con el cadáver de su balón sin hacerme el más mínimo reproche. Yo me quedé como estaba, en cuclillas, inmóvil y con cara de idiota sorprendido.
Tardé varios días en recuperarme. Entiendo que esta historia puede producir en los lectores una sonrisa y, tal vez, alguna carcajada, pero yo aún lo recuerdo como una de las grandes tragedias de mi vida.

viernes, 30 de octubre de 2020

XXX La mañana del día de reyes (la familia)

Ocurrió en las Navidades de 1971/1972. Mi padre todavía vivía. Después de su jubilación nos habíamos trasladado de la casa de telégrafos al piso de los maestros, en La Orotava. Mi madre era maestra. Mi hermana, que ya se había casado, vino con su familia a pasar las fiestas con nosotros. La acompañaban su marido y su hijo mayor, Miguel.
Los padres, los tíos y los abuelos nos dedicamos a buscar regalos para el niño. Cuando el niño se levantó, la mañana del día de reyes, había un avión colgado del techo que volaba haciendo círculos, coches de pilas que se podían dirigir a distancia, entre otra infinidad de cosas. El salón estaba lleno de artefactos. El niño miraba todo aquello sorprendido. Nosotros, estúpidamente, jugábamos e intentábamos que aprendiera su manejo. Después de pasar un corto periodo de tiempo nos dimos cuenta que el niño había desaparecido. Lo encontramos en la cocina, sentado en el suelo. Había sacado dos tapas de calderos y jugaba feliz a golpear una contra la otra, como los percusionistas de una orquesta sinfónica.
Cuando yo era joven, encontrar información sobre cualquier tema era una tarea dificultosa. Había que ir a las bibliotecas públicas y a las enciclopedias. Hoy cualquier información se encuentra fácilmente  en Internet.
A veces abrumado, como mi sobrino Miguel, me descubro entretenido ojeando los viejos libros que heredé de la biblioteca de mi padre. 

viernes, 16 de octubre de 2020

XXX Las madres (la familia)

 Ahora, que las cataratas empiezan a dificultarme la visión, me he acordado de mi madre.
Fui por primera vez al oculista cuando tenía unos 17 años. Desde niño siempre me había parecido que los demás veían mejor que yo. En muchas ocasiones se lo había dicho a mi madre. Mi padre no se ocupaba de esas cosas. Siempre me contestaba lo mismo. Tonterías, tú ves bien, solo quieres presumir.
Por fin, cuando vivíamos en La Orotava, después de insistir mucho, accedió.
El oculista, después de explorarme, me preguntó si nunca había llevado gafas. Le contesté que no. Me dió el papel con la graduación y me dijo que debería haberlas llevado desde niño.
Cuando la óptica me dio las gafas estuve unos diez días que iba asustado por la calle. Con la boca abierta. Descubrí un mundo nuevo. En el cine, en los letreros de las calles, en la pizarra del colegio, en las montañas lejanas, en las nubes.
Cuando regresé a casa, después de la visita al oculista y le conté a mi madre lo que me había dicho, me contestó:
-Eso lo sabía yo desde que naciste, pero la familia, las amigas y todo el mundo, cuando te veían, hacían comentarios de tus ojos. ¿Cómo iba a privarme de ese placer?


jueves, 15 de octubre de 2020

XXX El tiempo perdido (infancia)

 Mi padre era el telegrafista de San Sebastián de La Gomera. Vivíamos en un viejo caserón de dos plantas. En la planta baja estaban las instalaciones y las oficinas del telégrafo y en la alta nuestra vivienda.
En el verano los niños pasábamos los días entre el fútbol, los juegos, las carreras, la exploración de los charcos del bajío y la playa. Aquellas largas vacaciones de verano de la infancia las recuerdo como un paraíso perdido.
En aquellos años los niños íbamos a la playa descalzos y vestidos solo con bañador. Allí pasábamos las horas saltando desde el muelle, jugando con las olas o revolcándonos en la arena caliente.
Para entrar en casa pasábamos por un pasillo de la planta baja en donde estaba el despacho de mi padre.
Recuerdo que cuando regresaba de la playa, todavía medio mojado, y al entrar en casa veía en su despacho a mi padre trabajando, pensaba: ¡qué desgracia tener que hacerse uno mayor!
Ahora, que tengo 74 años y hace unos 7 que vivo holgazaneando con una pensión de jubilación, cuando veo a la gente entregada al trabajo, pienso: ¡que suerte ser un viejo!
Solo merece la pena vivir, pienso, por la infancia y la vejez. El resto es tiempo perdido.

domingo, 4 de octubre de 2020

Ja, ja, ja... (pesimismo y optimismo) (NO)

 Algunos de los familiares y amigos que leen mis "ocurrencia" acostumbran a criticarme. Se quejan de su pesimismo crónico y de la forma en que miro todo el disparate-absurdo-irracional que es nuestra sociedad, nuestra especie y todo lo que nos rodea.
Si hubieran visto, como vi yo hace unos días, una entrevista que le hicieron al gran Quino -el padre de Mafalda- poco tiempo antes de morir, entenderían que yo soy solo un modesto y moderado aprendiz de pesimista.
El optimismo se sustenta en nuestra facilidad para creernos toda esa sarta de mentiras con que nos persiguen desde niños.
 



sábado, 3 de octubre de 2020

XXXAyer, en la caja del supermercado (RELIGIÓN)

 Ayer, en la cola de la caja del supermercado, mientras la cajera atendía a la señora que me antecedía:
-Tengo tanta fe en el Cristo de La Laguna -dijo la cajera.
-Yo también, pero mi verdadera devoción es por la Virgen de Candelaria -aclaró la señora.
Un poco después, cuando la cajera me atendía a mí y mientras se colocaba la mascarilla:  
-El calor que hace y esta dichosa mascarilla. La llevo porque me lo exige la empresa, pero yo no creo en todas esas mentiras del virus.


martes, 22 de septiembre de 2020

Consejo (NO)

 No te deprimas. Debes partir de la base que todo lo que nos rodea, nuestra especie, nosotros mismos, así como la propia vida carece de importancia. Todo esto es un disparate absurdo que no tiene el más mínimo sentido racional. No te compliques la vida. Déjate empujar por la vida durante el corto perodo de tu existencia e intenta disfrutar de las cosas sencillas que te rodean y que tienes al alcance de tu mano.

lunes, 3 de agosto de 2020

Los Sapiens (NO)

Cuando era joven me preocupaba por tratar de entenderlo todo: el cero y el infinito, el mundo de los átomos y de las galaxias, el mito de las almas y de los dioses. 
En la vejez uno entiende que la razón no puedes usarla para entender lo que está fuera de su alcance.
Todo lo que le da coherencia a nuestra irracional existencia se sustenta en fantasías estúpidas creadas por la imaginación de nuestro cerebro. La forma que tenemos de ver y entender el mundo se fundamenta en cuentos chinos creados por nuestra imaginación y que nosotros creemos como verdades absolutas.
A pesar de ello nos hacemos llamar Sapiens sin sonrojarnos.

miércoles, 29 de julio de 2020

Vincent van Gogh (NO)


      Hoy, 29 de julio, hace 130 años que murió Vincent van Gogh.

La superficialidad está íntimamente unida a todos nosotros y a nuestras normas sociales. La farsa que nos rodea solo vive del decorado exterior. Tratamos de evitar cualquier cosa que intente hacernos profundizar y que nos impida seguir el cómodo camino general establecido. Pasaremos por la vida sin aportar nada, como inútiles. Riendo, llorando y hasta ocupando cargos relevantes, pero sin dejar huella de nuestro paso por la tierra.
Solo los que no se dejan arrastrar, los marginados, los independientes, los críticos con los principios y las enseñanzas, los no gregarios, los que todos despreciamos o perseguimos mientras viven, son ellos nuestros verdaderos guías, los únicos capaces de producir giros inesperados en el proceso evolutivo de la sociedad y de la vida.



La iglesia de Auvers-sur-Oise

La misma sociedad que durante su vida le dió la espalda, hoy expone sus cuadros y comercia con ellos por millones de dólares.

domingo, 26 de julio de 2020

Machado (poeta, maestro y filósofo)



El 26 de julio de 1875, hace hoy 145 años, nació en Sevilla Antonio Machado Ruiz. Pasó la infancia en "un huerto claro donde madura el limonero” y la juventud en Castilla. Se educó en la prestigiosa Institución Libre de Enseñanza. Los sueños y esperanzas de la Segunda República Española murieron al mismo tiempo que él, en su misma agonía. Esa España, con la que soñaba, está hoy más lejos que nunca. Descansa con él y con su madre en Colliure.

jueves, 16 de julio de 2020

XXX Las higueras (poesías)



En los alrededores de casa, entre las Chumberas, el Campus Universitario de Guajara y la Finca de España, donde acostumbro a pasear algunas tardes, el asfalto y el cemento no ha conseguido vencer del todo al campo. En las huertas semiabandonadas, junto a  antiguas viviendas, se ven aún las higueras como un emblema de los viejos tiempos. En este mes de julio, llenas de fuerza, saltan los ruinosos muros de piedra y perfuman el camino.
El aroma de las higueras me embriaga y me transporta a otros tiempos y a otros lugares.
Pienso entonces que ese mismo aroma debió embriagar a los presocráticos, en la antigua Grecia. Los imagino dialogando, cubiertos con sus túnicas, intentando descabalgar de sus tronos a los dioses del Olimpo para sentar en su lugar al dios de la razón.
Luego, en una humilde habitación, con el piso de tierra, una copa de cicuta sobre una mesa. El maestro, rodeado de sus alumnos, se despide. Se levanta y coge la copa. Yo salgo, entonces, de la casa al calor sofocante de la tarde y me llega  el aroma de la higuera.

jueves, 2 de julio de 2020

XXX La hoja muerta (poesía)

Todos nosotros.
Todas las ideologías.
Todas las patrias.
Todas las leyes.
Todas las razones.
Todos los mitos.
Todos los dioses.
Todos los libros.
Todas las obras de arte.
Las computadoras.
Las grandes construcciones
y las naves espaciales.
Nuestro cerebro,
con sus millones de neuronas.
Este planeta,
donde vivimos.
El universo,
con sus millones de galaxias.
Todo, todo, todo...
Todo tiene el mismo valor que una humilde hoja seca,
que la brisa de la tarde pasea,
junto a mis pies,
por el suelo del parque.

martes, 30 de junio de 2020

XXX La nada (misterio)

A medida que voy envejeciendo voy descubriendo que este tiempo finito de ahora que llamamos vida es, en realidad, la nada. La misma nada que el tiempo infinito que pasó antes de nuestro nacimiento y que el tiempo infinito que vendrá después de la última despedida.

domingo, 28 de junio de 2020

Los juncos y el viento (NO)

Se nos educa, desde muy niños, a comportarnos en función de las circunstancias que nos rodean en cada momento de la vida y hablamos también en función de lo que los demás esperan oír de nosotros. Nadie nos conoce, tal vez ni nosotros mismos. Es nuestro modo de supervivencia. Solo los ciegos y rígidos fundamentalistas, esclavos de su obstinación, defienden su adoctrinamiento. La evolución se alimenta de la duda y de la ausencia de cualquier principio irrevocable.

XXX El mundo (misterio)

Cada uno de nosotros tiene en el interior de su cerebro su propio mundo. Un mundo virtual y personal creado con las señales eléctricas que en el transcurso de la vida le han ido llegando de los sentidos. Ese es nuestro mundo, el mundo personal de cada uno de nosotros. Un mundo virtual que es un representación del mundo exterior. Un mundo exterior que nunca llegaremos a conocer por las limitaciones de nuestra fisiología.
Ese mundo virtual, personal y efímero  es lo único que poseemos. Ese mundo nace con nosotros, se construye a lo largo de la vida y se extingue con la muerte.

miércoles, 24 de junio de 2020

XXX El olvido de la memoria (poesía)


El agua, que con la lluvia penetra lentamente en lo más profundo de las entrañas de la isla, permanece allí olvidada hasta que encuentra una grieta por donde salir otra vez a la luz.
Uno de las ventajas que disfrutamos los que hemos superado los 70 años es el placer de haber olvidado definitivamente todo lo que ha formado parte de nuestra formación: las palabras de nuestros padres, las enseñanzas de los buenos profesores con los que hemos tropezado, las lecturas, los fracasos, las alegrías… Todo permanece oculto en el olvido de la memoria.
Está olvidado, pero no perdido. De pronto la sonrisa de un niño, un paisaje, una canción, un beso, un abrazo, un puñal, un cadáver abandonado o cualquier otra circunstancia es la grieta por donde aflora la memoria olvidada. Cuando surge nos sorprende y nos hace pensar, equivocadamente, que es creación nuestra. Todo estaba ya allí, olvidado en lo más profundo de nuestro cerebro.




domingo, 21 de junio de 2020

XXX El juego

Ayer, a las 22:44 hora de Canarias, comenzó el verano. Un verano imprevisible nos aguarda.
Los dioses, allá arriba, pasan sus días jugando. Nos han puesto aquí con la única finalidad de ser las fichas de su parchís. Todo lo que podemos observar a nuestro alrededor es solo su juego de entretenimiento: las cámaras de diputados; las derechas y las izquierdas; la guerra y la paz; los ricos y los pobres; la razón y los mitos; el bien y el mal; la democracia y la dictadura; la enfermedad y la salud; la inteligencia y la necedad; los fuertes y los débiles; los blancos y los negros; los señoritos y los criados; el eros y el tanato; los que ordenan y los que obedecen; los creyentes y los ateos, el coronavirus...
Todo lo que existe es solo eso, un juego creado con la única finalidad de entretener el tedio del monte Olimpo. El tiempo infinito de la existencia de los dioses ha acabado convirtiendo el cielo en un infierno insoportable.

sábado, 6 de junio de 2020

El mago (NO)

Hoy, observando el fundamentalismo, el fanatismo y el odio que se ha desatado con la pandemia, recuerdo que el día 21 de diciembre de 2016 escribí esta entrada en el Bolg:

(21/12/2016): "Hoy, que faltan pocos días para que Donald Trump tome posesión como Presidente de los Estados Unidos, se cumplen 20 años de la muerte de Carl Sagan, el escéptico norteamericano que amaba la vida por encima de todo. Astrofísico y gran divulgador científico fue conocido por la serie de televisión "Cosmos". Pero el Carl Sagan que yo más recuerdo es el filósofo escéptico de espíritu crítico".

CARL SAGAN:
"Las pseudociencias, las supersticiones, las religiones y el fundamentalismo no son algo nuevo. Han estado con nosotros  desde que somos humanos".
"Vivimos en una era basada en la ciencia y la tecnología, con poderes tecnológicos formidables. Sin embargo su manejo está en manos de políticos que son analfabetos científicos. Esta mezcla de poder e ignorancia algún día puede acabar con todo".
"Si no tenemos espíritu crítico; si no somos capaces de hacer preguntas escépticas para interrogar a aquellos que dicen que algo es verdad; si no somos capaces de ser escépticos con la autoridad; entonces estaremos a merced de cualquier charlatán político o religioso que aparezca"
"La ciencia tiene que ser una forma escéptica de interrogar el universo, teniendo siempre presente que somos falibles".

viernes, 29 de mayo de 2020

Los libros (NO)

Seguramente son muy pocos, tal vez menos de diez, no muchos más. Algunos estaban en la biblioteca de mi padre. Con otros me he tropezado más tarde, casualmente. Esos pocos libros cambiaron mi vida. Me convirtieron en feligrés de la duda.

jueves, 28 de mayo de 2020

XXX Amanecer de agosto en Breña Alta (poesía)

Con la lluvia de la noche y los primeros rayos del sol, todo el campo, alrededor de la casa, se pinta de un verde luminoso. Hasta dentro de las habitaciones llega el aroma embriagador de las plantas y el canto enamorado de pájaros, gallos y grillos. Ahora, que ya ha pasado el amanecer y el sol se aleja del horizonte, se escucha solo el silencio. 

martes, 26 de mayo de 2020

XXX Mirándome en el espejo

Según la teoría del Big-Bang el universo surgió de la gran explosión hace unos 13.800 millones de años. La tierra se formó hace 4.543 millones de años. La vida apareció sobre el planeta hace unos 3.850 millones de años. Nuestra especie, el Homo Sapiens moderno, hace unos 100.000 años. La vida media del hombre actual es de unos 80 años. En escala métrica, si nuestra vida fuera 8 centímetros, la de nuestra especie serían 100 metros, la de la vida sobre el planeta 3.850 kilómetros (la distancia aproximada entre Canarias y Berlín), la de la formación de la tierra unos 4.543 kilómetros (la distancia entre Canarias y Varsovia) y el Big-Bang estaría a 13.800 kilómetros (algo más que el diámetro de la tierra). 
El hombre libera, en cada eyaculación, unos 250 millones de espermatozoides y la mujer 1 óvulo cada mes. Un hombre sano produce unos 525.000 millones de espermatozoides a lo largo de su vida y la mujer, aunque nace con 2 millones de óvulos, solo pone a disposición de la fertilización unos 450. Un hombre y una mujer podrían concebir, entonces, un número de hijos diferentes igual al resultado de multiplicar 525.000 millones por 450. Es decir, 236.250.109. Todos serían hermanos, pero con una carga genética diferente. Por todo ello la probabilidad de que cualquiera de nosotros esté aquí, con su propia genética, es igual a un número infinitamente pequeño.
De las casi infinitas partículas de polen que el viento arrastra en el bosque durante la primavera, unas pocos consiguen fecundar una flor y de las semillas que caen al suelo, solo muy pocas consiguen germinar y se convierten en un árbol. Un árbol que, como nosotros, nace por casualidad en un determinado lugar, en un tipo de suelo, con una radiación solar y una pluviometría determinada y aunque lucha con todas sus fuerzas para sobrevivir, no sabe, como nosotros, que solo se limita a seguir la programación genética con la que ha nacido y de la que es un esclavo ciego.
Nuestra irracional soberbia nos impide ver nuestra propia imagen reflejada en el espejo.
Cualquiera de nosotros, como el árbol, es solo un eslabón que está al servicio del largo proceso evolutivo de la vida. Un proceso evolutivo cuyo sentido último, como la mayor parte de lo que ocurre a nuestro alrededor, no es capaz de entender nuestro limitado cerebro.
Esto es lo que reza cada mañana, al despertar, y cada noche, al acostarse, el que escribe este blog. Un hombre en el ocaso de sus 8 centímetros. Feliz de estar finalizando la tarea de echar por la borda todas las grandes mentiras con las que fue adoctrinado desde la infancia.

domingo, 24 de mayo de 2020

XXX Lancelot. (poesía)

El "Lancelot"  (Acuarela de Miguel de Luis)

Pueblos de paralelepípedos blancos, mar, volcanes, camellos, salinas, palmeras, cisternas y viento era el Lanzarote, todavía sin turismo, cuando en 1928 llegó mi tío, Agustín Espinosa García, para poner a caminar el primer Instituto de Segunda Enseñanza de la Isla. Durante su estancia, este joven profesor de literatura e inquieto soñador, nos regaló la mitología maravillosa de su Lancelot 28º-7º. Un nombre incorporado ya a la propia Isla, pero un libro que sigue esperando, después de 92 años, la lectura entusiasta de todos los canarios. César Manrique dijo: "Agustín Espinosa fue el primero que con su magia nos descubrió la belleza de esta Isla".
Por él, por su prosa exacta y por su imaginación prodigiosa, he escrito en la popa de mi viejo velero el nombre de “Lancelot”.
Mi Lancelot es blanco, como la dulce sal de nieve del Janubio. Tiene 9,01 metros de eslora y 2,86 de manga. Pesa 3.415 kilogramos y su mástil mide 11 metros. Su modelo, Sirocco MK2, fue diseñado por Angus Primrose y construido por Manufacturas Mistral, S.A., en Barcelona, el año 1974.
A pesar de su edad -46 años- todavía cabalga sobre el Atlántico y salta el obstáculo azul y blanco de las olas.
Sus compañeros de viaje son: el viento, que le da la energía, el mar, donde ara su surco la carena, las nubes, el sol, los sueños...
Está construido con fibra de vidrio, poliester, acero, aluminio y madera. Cuando descansa, amarrado en el puerto, puede parecer un objeto inanimado, pero cuando sale a la mar y lo besa el viento se transforma. Se convierte en un animal mitológico. Mezcla de delfín, caballo y gaviota. Delfín, por cómo acaricia el océano; caballo, por cómo salta sobre las olas y gaviota, por sus velas blancas.

viernes, 22 de mayo de 2020

XXX Crítica política (NO)

Después de la muerte del general, y dejada atrás la transición, parecía que "las dos españas", tan bien definidas por Machado, se habían ido difuminando hasta desaparecer. Pero no estaban muertas. Solo dormían. Desde hace unos pocos años han empezado a despertar y ahora, con la pandemia, han resurgido de nuevo llenas de furia. Cada vez se diferencian y se distancian más y más. Cada una encerrada en su fundamentalismo y en sus verdades viscerales. Y como dos gallos en la arena se miran con rabia amagando con destruir al adversario.
Cada uno de los rebaños, protegido en la seguridad del grupo, sigue ciegamente a sus líderes,  que  los adoctrinan en el odio.
En las últimas Navidades, antes de que llegara el virus, todos, los unos y los otros, corrían ciegos por las calles. ¿Qué buscaban con tanta ansiedad en los comercios? ¿Intentaban dejar atrás todo para poder ser ellos mismos o, tal vez, deseaban encontrar una solución al desastre ecológico que se anuncia?
Mientras, en la iglesias, se adora a un hippie que vivió hace 20 siglos y que despreciaba todos los fundamentos de nuestra vida.
Ese diminuto virus ha sacado a la luz, del que quiera mirar, el disparate absurdo que es nuestra irracional existencia.


jueves, 21 de mayo de 2020

Los daños colaterales del coronavirus (NO)

Desde que empezó a atacarnos el coronavirus, obligándonos a encerrarnos, se ha propagado, como el propio virus y ayudado por las  redes sociales, un fundamentalismo radical del que pocos escapan.
La mayoría de mis contactos no paran de enviarme mensajes llenos de odio visceral contra el Gobierno y contra los que dirigen la pandemia. Gente de la que, hasta ahora, desconocía su afiliación política y a la que nunca le había oído hablar de estos temas.
Al final, como siempre, me he quedado solo. Agarrado, con fuerza, a una piedra de la ribera del río, mientras escucho el ruido sordo y constante de la corriente que a todos intenta arrastrarnos y homogeneizarnos.

jueves, 14 de mayo de 2020

XXX El cerebro

La anatomía de nuestro cuerpo, así como su funcionamiento interno, son la consecuencia de un lento proceso evolutivo de adaptación de las especies que nos han precedido. Somos así porque la vida, a lo largo de 3.850 millones de años, fue eligiendo, sucesivamente, una cantidad casi infinita de alternativas, en ese largo camino. Un camino, además, condicionado por el medio ambiente cambiante que existía en cada momento. 
También es fácil entender que si el camino elegido por la vida para evolucionar o bien las condiciones ambientales hubieran sido diferentes, nuestra especie hubiera sido también diferente. Somos como somos por una cantidad casi infinita de hechos fortuitos.
¿Por qué entonces nos cuesta tanto entender que nuestro cerebro es también consecuencia de ese mismo proceso fortuito?
Si en lugar de los cinco sentidos que poseemos para captar el mundo que nos rodea, la evolución nos hubiera dotado de quince o veinte sentidos y de un cerebro capaz de procesar las señales que le llegaran de esos quince o veinte sentidos, tendríamos una visión del mundo y de nosotros mismos mucho más completa y diferente. 
Nuestro cerebro ha sido diseñado por la evolución con la única finalidad de adaptarnos al medio ambiente y contribuir a la supervivencia de la especie. Por mucha importancia que queramos darle, desde el punto de vista evolutivo tiene las mismas funciones que las alas de un ave o los dientes de un león.

domingo, 10 de mayo de 2020

XXX Ra (misterio)


Al principio, hasta hace unos 10.000 años, los hombres adorábamos a dioses reales. El sol, la luna, las estrellas, la tierra, el mar, el viento... Dioses que estaban ahí, presentes, que podíamos ver y sentir.
Luego inventamos las grandes religiones monoteístas que se han extendido por todo el planeta, con un único dios, que solo existe en el interior de nuestro cerebro y fruto de nuestra imaginación.
El sol, que sale cada día y que nos da la luz y el calor es, como creían nuestros viejos antepasados, mi dios verdadero.


sábado, 9 de mayo de 2020

Las dos ventanas (NO)



Las dos ventanas iluminan, con el sol de primavera, la cama donde duerme un hombre que está ya en la edad de las despedidas. Le aguarda, varada sobre la arena, la barca que ha de llevarlo al paraíso infinito de la nada. El paraíso perdido, donde vivió también un feliz infinito pasado y del que fue desterrado por sus padres.
Deberíamos dedicar unos minutos, cada mañana, a pensar en nosotros mismos y en el infinito.
A medida que envejeces el grueso cabo que te sujetaba a la vida se va debilitando. Al final es solo un delgado y débil hilo de costura.

sábado, 25 de abril de 2020

XXX Liberación

El virus, que nos diezma y aterroriza, nos está empujando, casi sin notarlo, a atrincherarnos en el fuerte, con todos los cerrojos bien pasados, y a rescatar los viejos prejuicios del pasado, que nos conducirán, irremediablemente, al embrutecimiento. Ninguna cultura tiene posibilidades de ennoblecerse si no tiene otras con las que relacionarse.
El "hombre" debe ser, ante todo, universalista. La solidaridad y la comunión entre todos los hombres, que es un noble mandamiento cristiano, debería ser la única bandera de la especie. La comunión, no solo entre nosotros sino también con los demás seres vivos y con el propio planeta, es nuestra única esperanza. En su lugar nos encerramos en unas patrias construida sobre mitos y leyendas inventadas por los antepasados para mantenernos aislados dentro de  gruesos muros.

viernes, 24 de abril de 2020

XXX Un nuevo país de viejos

Antes, solo los viejos, ya sin ambiciones, disfrutábamos de las cosas que están ahí, a la vista y al alcance de todos: el sol y las estrellas, los atardeceres y los amaneceres, la brisa del mar en el rostro mientras se camina sobre la arena de la playa, los senderos entre la laurisilva, la lluvia, los viejos poemas, los pensamientos de los clásicos... 
El resto, mientras tanto, cegados por las carreras, las prisas y la estampida, tomaban todo eso, que tanto valoramos los que estamos en la edad de las despedidas, como el decorado.
El coronavirus, con el encierro y el brusco frenazo, ha convertido a este país en un asilo. Un país que empieza a mirar las cosas que hace unos meses solo le interesaban a los ancianos. Un mundo que a partir de ahora, dicen y espero, será más lento y más reflexivo. De ese nuevo mundo de viejos espero yo la salvación. Es nuestra última esperanza.  

miércoles, 22 de abril de 2020

LA HIBRIS (NO)

La hibris es un concepto griego que puede traducirse como ‘desmesura’. Es el intento de transgresión de los límites impuestos por los dioses a los hombres. La transgresión de su propia naturaleza: mortales y terrenales. La consideraban la mayor falta de los hombres. 
A pesar de que el Dios en la Biblia expulsó del Paraíso a Adán y Eva, posiblemente por esa misma razón, nosotros seguimos en nuestro vano intento de alcanzar su poder. No deja de ser curioso que intentemos con todas nuestras fuerzas parecernos a algo que solo existe en el interior de nuestro cerebro y que es fruto de nuestra imaginación.
¿Quién ha olvidado cómo hasta hace pocos meses hablábamos orgullosos de nosotros, de nuestro maravilloso cerebro y de nuestro dominio sobre las otras especies y sobre el planeta?
¿Quién ha olvidado cómo algunos científicos se vanagloriaban de los progresos en biología, medicina y genética, que nos harían, como los dioses, eternos?
Un microscópico e insignificante virus, en el plazo de unos pocos meses, ha hecho tambalear todo nuestro orgullo.
El coronavirus podría ser la hibris que envían los dioses de la antigua Grecia sobre el gran manicomio, en que se ha convertido este planeta, para hacernos entrar en razón.
En mi pesimismo crónico, creo, que todo seguirá igual. Después que pase, los que sobrevivan lo olvidarán y seguirán orgullosos la ciega eterna estampida. 

martes, 21 de abril de 2020

El coronavirus IV (NO)



Aunque hoy, en la isla,  luce un día espléndido de primavera, los negros nubarrones y las rachas de viento huracanado de las noticias, anuncian un temporal devastador.
Nada puedo hacer para modificar la tormenta que se avecina. Solo me queda esperar, observar y, si es posible, aprender.
El miedo, que nos ha metido asustados dentro de la cueva, ha sacado a la luz las más bajas pasiones y, también, los más nobles instintos de nuestra especie.
Ha puesto a la vista, de todo aquel que la soberbia no le impida mirar, la delicada fragilidad de nosotros, de nuestras verdades, de nuestra estructura social y de nuestra especie.
Mientras el sol sigue pintando con pasteles cada mañana y cada tarde las nubes, el mar copiando el azul del cielo y el viento salpicando de manchas blancas las crestas de las olas, yo tengo la suerte de poder compartir la soledad de estos días de encierro con la mujer que me guía desde la lejana juventud.



jueves, 16 de abril de 2020

XXX Los tiempos de la vida

DEDICATORIA: Para Sergio Armas López de Vergara,
que hoy cumple dieciocho años.

Desde la cofa del palo del trinquete me llegó ya el grito de “tierra a la vista” y desde la cubierta puedo ver una franja oscura en el horizonte, bajo las nubes, donde se encuentra mi destino. Tú te estás alejando de la costa y buscas, empujado por la fuerza de la vida, el mar abierto.
La cabeza de un hombre que está en el atardecer de la vida y la de un joven son tan parecidas y, a la vez, tan diferentes. 
Uno tiene un largo camino y un tiempo casi infinito por delante y para el otro todo pasó en un instante.
Al final, después de cruzar el océano, descubres que no has aprendido nada. Sigues dándole vueltas a las preguntas de los dieciocho años.
Pero no, sí, aprendes algo. A valorar lo pequeño, lo humilde y lo sencillo. Aprendes que lo demás solo sirve para tapar el hueco de nuestro vacío interior.

domingo, 12 de abril de 2020

XXX Desnudos, frente al espejo

¿Quién tiene valor para desnudarse y ponerse frente al espejo?
Primero fue Platón (427-347 a.C.) y el mito de la caverna. Luego, Kant (1724-1804) y la crítica de la razón pura. Después, Darwin (1809-1882) y su teoría de la evolución de las especies. Y, más tarde, los últimos conocimientos sobre percepción. 
Nunca llegaremos a conocer realmente del mundo que nos rodea por las limitaciones de nuestra propia naturaleza.
La percepción, como intuyó Platón y Kant, nos enseña que el cerebro, que vive rodeado de huesos y en la más completa oscuridad, mediante los impulsos eléctricos que le llegan de los sentidos, se fabrica una representación virtual del mundo exterior. Ese otro mundo que se imagina e inventa nuestro cerebro, nos ayuda a transitar por un mundo que nos será siempre inalcanzable. Vemos el mundo igual que un ciego de nacimiento que solo lo imaginara con la ayuda de su bastón.
La verdad siempre ha sido una desconocida para nuestro cerebro. Hemos sido diseñados por la evolución para luchar por la supervivencia. Lo que llamamos principios y verdades no tienen sentido para nuestro cerebro. Se modifican en función de nuestras necesidades de supervivencia.
Viviendo, como vivimos, en ese mundo virtual, son tan sencillos los juegos de imaginación.  
La mayor parte de nuestro cerebro está ocupada por fantasías que solo hemos creado para ayudarnos a sobrevivir. 
Darwin nos enseñó que somos una especie más sobre el planeta, pero nuestro cerebro, que es más fundamentalista que racional, no se deja convencer.
Una de las funciones principales de nuestro cerebro es tenernos siempre bien cubierto con la túnica de las mentiras para impedir que veamos nuestra propia realidad.
¿Quién tiene valor para desnudarse y ponerse frente el espejo? 

viernes, 10 de abril de 2020

XXX El héroe (poesía)

Esa mañana, al despertar, escuchó la noticia. Sus compañeros traían un prisionero. Con diecisiete años acababa de llegar al frente. Después, otro comentario: “el comandante no quiere prisioneros”.
Al mediodía, el comandante ordenó que lo hiciera uno de los nuevos. El teniente lo eligió a él.
Toda la Compañía estaba formada. El prisionero, atado y arrodillado, esperaba. El elegido se aproximó y apoyó su pistola en la frente del prisionero. Luego, lentamente, bajo el brazo hasta casi apuntar al suelo. De pronto, con gesto firme, levantó el arma, la dirigió hacia a su propia cabeza y disparó.

jueves, 9 de abril de 2020

XXX Los guachinches

Lo que más echo de menos de este encierro son mis paseos en soledad, el Lancelot, la Biblioteca de la Universidad y los guachinches.
Yo, desde hace unos años, en casa no tengo bebidas alcohólicas. Solo bebo alguna cerveza por ahí y el vino tinto de los guachinches.
Me gusta el ambiente familiar y sencillo de los guachinches, la forma despreocupada de vestir y de comportarse de sus clientes, su vino y esa sabrosa comida de las medianías.
Con los guachinches me pasa igual que con la música. Prefiero la más humilde de las bandas de música de cualquiera de nuestros pueblos que la mejor orquesta sinfónica del mundo.
Como ven, por mucho que quiera esconderse, el mago no puede disimularlo.

XXX El grano de arena (misterio)

Todo nuestro inmenso universo visible, con sus millones de millones de estrellas y de galaxias, es solo un diminuto grano de arena, sin la menor importancia, que vaga errante, impulsado por el viento, en el desierto de un mundo descomunal donde viven unos seres también descomunales.
Dentro de cualquier humilde grano de arena, que vaga errante impulsado por el viento en cualquiera de nuestros desiertos, existen pequeños átomos. En los diminutos electrones de alguno de esos átomos, que giran alrededor de su núcleo, viven unos seres también diminutos.
Esos seres descomunales y esos seres diminutos, creen, como nosotros, que todo lo que existe es solo su grano de arena, dentro del cual nacen y mueren prisioneros sin saberlo.

lunes, 6 de abril de 2020

XXX El niño malcriado

El cerebro humano es inexplorable. Se encuentra en lo más hondo de una profunda caverna de huesos. Es una incógnita hasta para su propietario.
Leonor y yo llevamos casados más de 47 años. ¡Ah! y 6 de novios- apostilla siempre ella.
Como es normal en estos casos no nos llevamos muy bien, ni bien, pero tampoco muy mal, ni mal, yo diría razonablemente bien, o mejor, medianamente bien, pues lo razonable poco tiene que ver los humanas.
Ella es la de la razón, la que cruza siempre la calle por el paso de peatones, la del orden, la de la legalidad, la de la verdad, la del compromiso, la de la formalidad y la de la corrección. A pesar de que soy el hombre más calvo de la isla, cada vez que vamos salir a la calle me pregunta: «¿tú te peinaste?».
Yo siempre ando perdido por los Cerros de Úbeda, viviendo entre sueños irracionales y ajeno al mundo que me rodea, como forastero en un país lejano del que desconociera hasta el idioma. Así paso yo el poco tiempo que me queda, arropado en la dulce vejez.
Todos estos días de encierro y soledad en común nos ha servido para explorarnos discretamente. Una especie de tibia luna de miel, como corresponde a una pareja que ha superado la barrera de los 70 años, se está produciendo,
Ella es la verdadera artífice y la que lleva todo el peso de esta relación. Yo soy solo el niño despistado y malcriado que se resiste a ser educado y con el que ella se divierte. 



sábado, 4 de abril de 2020

El encierro I (NO)

Con el encierro domiciliario he podido comprobar que la escalera del edificio donde vivo, desde la planta baja a la azotea, tiene 118 escalones.
Mi edificio, junto con otros tres bloques, forman un conjunto aislado, rodeado por una reja metálica de unos 2,5 metros de alto. Los cuatro están situados de forma irregular y a diferentes alturas.
Cuando nos vinimos a vivir aquí, hace unos 25 años, Yurena había comenzado ya la Universidad y se le había pasado el tiempo de las pelotas y las bicicletas, por lo que nunca pudo disfrutar de las zonas comunes. Siempre entro y salgo por el garaje y en las pocas ocasiones que lo hago a pie utilizo una puerta de la verja muy cerca de mi portal. No había transitado nunca por los paseos, las plazas y los jardines de las zonas comunes.
En la primera semana de la cuarentena, preocupado por el óxido de mis articulaciones, empecé a explorar todo el recinto.
Descubrí, con alegría, que en subir y bajar los 118 escalones de mi edificio y en recorrer todo el interior del complejo, que ahora está vacío y en silencio, tardaba entre 15 y 20 minutos.
Ahora, cada día, recorro cuatro veces el circuito.

martes, 17 de marzo de 2020

XXX Isabel García Estrada (familia)

Una anciana pequeña, delgada, vestida siempre de negro, sentada cosiendo en una silla diminuta que no levantaba un palmo del suelo y alrededor de la cual giraba toda aquella gran casa con toda su numerosa familia. Ese es el recuerdo infantil que conservo de abuela Isabel. También llamaron mi atención de niño sus venas marcadas, sobresaliendo bajo la pálida piel de sus pequeñas manos, sus cabellos blancos y aquellas gafas de cristales gruesos y opacos consecuencia de una cirugía antigua de cataratas.
Esa imagen, que conservo grabada desde la lejana infancia, es la que intento rescatar del olvido, antes que la muerte la borre para siempre de mi memoria.
Yo me enteré que abuela Isabel no era realmente mi abuela cuando ya era un muchacho. Mi madre me lo contó como un secreto. Mi padre la nombraba como si fuera su madre y la quería y respetaba como si ella lo hubiera parido, aunque en verdad era su tía. El día que abuela Isabel murió, siendo yo un joven de unos dieciséis  años, comprendí que una parte de mi padre se había ido con ella. La misma sensación de orfandad que luego padecería yo cuando él se nos fue. Después de la muerte de abuela Isabel, al poco tiempo, sin la aprobación de mi padre, algunos de mis tíos vendieron precipitadamente la casa familiar de Los Realejos. Cuando le trajeron el cheque con su parte yo estaba junto a él. Fue un día triste. Comprendió que había perdido para siempre sus raíces y la seguridad de aquel gran grupo familiar donde se había criado y del que abuela Isabel y la casona de Los Realejos eran sus últimos representantes.

Foto de 1918
Foto de las familias Espinosa, García Estrada y Chaves,
 tomada en el patio de la casa de mis abuelos.
Abuela Isabel está sentada en la segunda fila, la 4ª por la izquierda,
y tiene sentada en su regazo a su última hija, Soledad.

Los recuerdos de abuela Isabel están archivados en mi memoria junto con los de la vieja casa de mis abuelos, ahora abandonada y en ruinas, en el número 6 de la antigua calle de las Toscas, hoy García-Estrada, en el barrio realejero de San Agustín. Era, o a mí me lo parecía, inmensa, como una residencia. Esa casa fue la catedral de la familia. La Ítaca protectora a donde todos regresaban y a la que siempre estuvieron atados. Allí pasaban sus hijos, ya mayores, temporadas de sus vacaciones acompañados de sus cónyuges e hijos.  Allí fue a morir el pobre tío Agustín, tan joven, cuando lo trajeron de La Palma gravemente enfermo. Allí fue cuidado durante su enfermedad tío Pepe.
Yo la visité solo en contadas ocasiones y por cortos periodos de tiempo. Fue por los años cincuenta del siglo pasado, cuando era un niño, acompañando a mi padre. Un padre feliz de reencontrarse con su infancia. Entonces ya había pasado el primer periodo de su historia. Ya había muerto mi abuelo Manuel y mis tíos mayores, Agustín y José, a los que nunca pude conocer. Por aquel entonces todos llamábamos a aquel caserón “la casa de abuela Isabel”. 
Recuerdo sus largos pasillos, iluminados por aquellos grandes ventanales; el patio interior y los jardines, donde jugábamos los niños; el garaje, en un extremo del jardín, con el viejo coche descapotable que había sido del abuelo, ya inservible, con su volante de madera donde yo me subía a soñar que conducía y aquel gran salón-comedor que iluminaba una inmensa vidriera desde donde se veía durante el día el Valle y durante las noches las luces del Puerto de la Cruz y las estrellas. En su larga mesa comían entre quince y veinte adultos. Los niños comíamos aparte, en una mesa baja, junto a la vidriera. El recuerdo de aquella vieja casona está tan difuminado por la lejanía del tiempo que hoy me parece como si nunca hubiera estado entre sus muros, como si solo los hubiera imaginado mientras leía una vieja novela.



Fotos actuales de la casa en ruinas
Fachada y vista posterior.

 Mi abuelo, Manuel Espinosa Suárez, se casó en la última década del siglo XIX con Antonia María García Estrada, que fue realmente mi abuela. Con ella tuvo nueve hijos. el primer Agustín, que murió a los pocos días de nacer, y luego Juana, Agustín, José, Fernando, Antonio, Felisa, Isabel y Joaquín. Abuela Antonia María murió en el parto de Joaquín, cuando mi padre, Fernando, tenía unos cinco años, por 1905. Isabel y Joaquín, los más pequeños, no llegaron a la mayoría de edad, los restantes seis tuvieron descendencia.

Foto de 1905
Los hijos de abuela Antonia María, un poco después de su muerte.
Delante: Antonio, Felisa, Joaquín e Isabel.
Detrás: Agustín, Juana, Fernando y José
Joaquín, el más pequeño, sentado en el regazo de la mayor, Juana.

 Abuela Isabel, que era hermana de abuela Antonia María, estaba muy unida a ella y le ayudaba en la crianza de su numerosa prole. Después de morir su hermana, abuelo Manuel le pidió que se casara con él. Abuelo Manuel y abuela Isabel, tuvieron cuatro hijos: Isabel, Manolo, Antonia María y Soledad. Isabel y Manolo tuvieron descendencia. Antonia María y Soledad, aunque murieron mayores, no tuvieron hijos.
Abuela Isabel se casó con su cuñado y se ocupó de la crianza de los ocho hijos de su hermana Antonia María, a los que siempre cuidó como si fueran suyos, y de los cuatro que ella tuvo. Su inteligencia fue tal que nadie pudo diferenciar el trato que siempre les dio a todos por igual. Todos, sin distinción, la llamaron siempre “madre”.

Foto de 1916
 Mis abuelos, Manuel e Isabel, con los 10 hijos que alcanzaron la mayoría de edad.
La niña sentada en el regazo de abuela Isabel es su sobrina, Adela, que se quedó huérfana al nacer y que ella se ocupó de criar.
En primer plano, Soledad, de blanco y con lazo en la cabeza.
Sentados, Agustín, Felisa, Abuelo Manuel, abuela Isabel y Adela, y Fernando (mi padre).
De pié, detrás, Isabel, Juana, Antonio, Manolo, José y Antonia María.


En aquel enorme caserón vivieron también bajo su cuidado y protección otros familiares:
Agustín Espinosa Boissier, mi primo, que nació después de morir su padre, tío Agustín. Vivió allí desde su nacimiento hasta que se vendió la casa. Ella se encargó de criarlo y educarlo como su últimos hijo.
Su sobrina, Adela Hernández García, desde su nacimiento hasta que se casó. Era la hija de su hermana Adela García Estrada, que murió en el parto de su primera y única hija.
Su hermana, tía Maruca García Estrada, soltera, que vivió toda la vida con ellos.
Tía Lola Espinosa Suárez, la hermana de abuelo Manuel, que no tuvo hijos, cuando enviudó, siendo ya una mujer mayor, se fue a vivir con ellos hasta su muerte.   
Su hermana, Margarita García Estrada, cuando se quedó viuda, con sus tres hijos, Telesforo, Nestor y Josefa. Telesforo y Josefa murieron jóvenes. Nestor vivió allí hasta que se casó.
Tía Felisa con sus tres hijos, mis primos Felisa, Juan y Pepa, vivieron allí unos cuatro años. Su marido, tío Juan, tuvo que irse a la Península, después del golpe de estado, cuando fue  represaliado y cesado de su trabajo de telegrafista.
Una anciana pequeña, delgada, vestida siempre de negro, sentada cosiendo en una silla diminuta que no levantaba un palmo del suelo y a la que todos veneraban como a una virgen cristiana. Esa es la imagen que conserva, su viejo nieto, de abuela Isabel.